Frente a mí: Woody Allen

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«¿Puede el hombre conocer el universo? Dios santo, no perderse en Chinatown ya es bastante difícil»  Woody Allen.

Aterricé en el JFK temprano por la mañana, y la ciudad que nunca duerme parecía aun más despabilada -o al menos así lo sentí yo, que jamás había estado-. Bajé del ómnibus antes de llegar a la parada y comencé una caminata que mis pies -a duras penas- me perdonarían luego.

Sucedía que estaba en Manhattan, y aunque no la veía en blanco y negro, el nombre de Woody Allen comenzaba a proyectarse, como si la ciudad hablara de la película más que la película de la ciudad. Sentía que el autor y su obra dialogaban de las más diversas maneras, y resultaban, para este cordobés en Nueva York, la mejor guía turística.

Entonces estar allí era, de algún extraño modo, entrar en la ficción. Moverse por las calles, edificios y paisajes mil veces vistos, tomar el subte downtown hasta Chinatown, cenar con amigos, para después pasear de noche por City Hall así, sin saber en dónde estás, caminando sin rumbo, dejando que la ciudad me guíe hasta ver aparecer el puente de Brooklyn iluminando más mi mente que la noche. ¿Cómo podía evitar sentirme parte de una película? ¿Y a la vez sentir, allí parado, que el puente es un puente, los edificios edificios y la gente gente?

NYC

Ahora ya conocía la ciudad -si es posible algo así-, o al menos podría decir que estaba allí. Pero aún faltaba conocer al autor -y aunque suene a mucho- al igual que a la ciudad, quería al menos verlo.

Busqué allí donde todo se responde, y Google me dijo que en el Café del hotel Carlyle, como es tradicional, toca -desde hace más de quince años- Woody Allen & the Eddy Davis New Orleans Jazz Band. Llamé y en un inglés oxidado pregunté si quedaba lugar. Como era de esperar, las mesas del pequeño café -que no eran más de seis- estaban todas reservadas hasta dentro de varios meses. Igualmente, según había entendido, tenía la posibilidad de conseguir un lugar en la barra, aunque me advirtieron que estos eran pocos y por orden de llegada.

Sabía que, si lo conseguía, esa sería quizá la única oportunidad que tendría de ver a Woody en vivo y había decidido llegar por lo menos tres horas antes del horario aconsejado. Aunque con suerte pude hacerlo una hora antes -es difícil no perder la noción del tiempo en una ciudad tan excesiva- gracias a un taxista kazajo que se puso la camiseta y pasó varios semáforos en amarillo para llevarme lo más rápido posible.

En la puerta ya había nueve personas haciendo fila. Al acercarme me explicaron que había tan sólo ocho lugares disponibles y que además una de ellas estaba esperando a su esposo. Aunque decepcionado, sabía que no había cruzado el mundo para llegar a la puerta e irme, así que esperé.

Mientras esperaba y mi mente divagaba entre la ansiedad y la ridiculez, observaba aquel lugar -lujoso y sobrio- reflejo fiel a los hoteles de cada una de sus películas. Finalmente apareció Tony -el manager del Café-, me dijo que podría pasar si estaba dispuesto a permanecer parado. No lo dudé un instante.

Minutos antes de que comience el Show, ya la banda estaba arriba del pequeño escenario, cuando el gran -aunque pequeño- Allan Stwart Königsberg apareció acompañado por un amigo medio gruñón que impedía que se le acercasen. Saludó a sus compañeros, con parsimonia limpió su clarinete, y así sin más comenzó a fluir la música. Tocaban de memoria -sin pentagramas ni machetes- y lo hacían maravillosamente, aunque el público aplaudía fervientemente los solos de Allen. En el escenario Woody permanecía de a momentos con los ojos mirando al suelo o casi cerrados, sin establecer prácticamente contacto con el público. Entre canción y canción comunicaba a la banda qué tema tocarían y parecía volver en sí sólo cuando interpretaba su instrumento. Tras unos minutos de molestia lo comprendí todo: tenía frente a mí a un amante del Jazz disfrutando intensamente de eso, tocar Jazz. Y si había algo que siempre me había fascinado de él era esa posibilidad de entregarse absolutamente a sí y a su obra, que sin duda son cosas distintas, pero que sin embargo, allí, en ese pequeño café de la gran manzana y con el clarinete en sus manos, confluían con toda su fuerza la ciudad, el autor y su obra.

Igualmente ya sobre el final, casi toda la banda se había retirado y ante la insistencia del público tocó, junto a un piano y un banjo, varias canciones más e incluso cantó. Cuando el show llegó a su fin, no sabía si habían transcurrido quince minutos o diez horas. El Jazz, la escena, la acústica, los mozos y sus bandejas, un ídolo a escasos centímetros de distancia mientras se retira.

Aun con los sonidos y las imágenes frescas en la cabeza, salí a la calle. Estaba frío, demasiado frío, para caminar al subte, el botón del hotel frenó un taxi y subí. Entonces noté que tenía la misma mochila y cuando lo vi me di cuenta de que era el mismo que me había llevado allí horas antes. Le pregunté si era él. Incrédulo de lo que le estaba sucediendo me contó que hacía más de ocho años que era taxista en NYC y que jamás le había sucedido de levantar a un mismo pasajero dos veces en un mismo día. Me preguntó de dónde era y cuando le respondí me preguntó qué pensaba de Messi y si creía que debía jugar en la selección.

Inevitablemente sentí el guiño Woodyalenesco de la escena.

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