María Kodama

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Jorge Luis Borges apareció en su vida muy tempranamente. Al principio una niña leía sus obras y el poeta fue música para sus oídos, después se encontraron formando una relación de maestro-discípula y entonces ella era desenfadada, y le hablaba de un modo fresco y espontáneo. Pasaron los años y detrás de un casamiento casi clandestino en el exterior, acabaron acompañándose hasta el fin de sus días, soportando las difamaciones de un matrimonio escandaloso para algunos. Sea como sea, María Kodama hoy es la viuda del escritor argentino más maravilloso de la historia.

Pierde sus ojos y siento que piensa en voz alta: “Borges nunca me transmitió ni que era una persona muy mayor ni que era ciego, es decir, se manejaba en la vida con un enorme entusiasmo, tenía la pasión de la lectura, de la escritura y su universo era ese, en la vida cotidiana jamás lo escuché mencionar la palabra ciego y yo no lo podía tratar de ese modo”. Por eso afirma que jamás lo sobreprotegió, sólo tomaba todos los recaudos para no privarse de hacer cosas disparatadas, andaban en globo, en camello y se aventuraron a recorrer el mundo. Ella le describía y él – 40 años mayor- rompía con todas las convenciones.

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Lo recuerda con cierta timidez pero siempre – y aseguro que casi no lo nota – con una sonrisa en la cara. Es dócil, delicada y romántica. Tiene la mirada dispersa pero me habla con la misma suavidad de la poesía y el misterio. “Una vez un señor en la calle le dijo maestro que lástima que usted sea no vidente, y entonces Borges responde señor por qué me quita usted el don de la videncia, es un don mágico, yo soy ciego y no hay ningún problema en decir las cosas como son”.

Borges en un reportaje dijo “para mí la ceguera no es ninguna pesadumbre, yo soy sólo un hombre al cual el espejo no le devuelve la imagen”… él supo desde chico que iba a quedar ciego por una enfermedad hereditaria por el lado de su padre, su abuela murió ciega, su padre también y él supo desde muy chico que ese era su destino, pero lo importarte es no llorar ese destino sino como uno convierte ese destino en su gloria y Borges lo logró.

La poesía en sus vidas… el primer poema en dedicarme públicamente se llamó “La luna” pero ya me había dedicado otros tanto en secreto. Para él era muy fácil escribir poemas, y cuando él tuvo ese accidente subiendo a ver a una amiga a la que le llevaba de regalo el libro de las mil y una noches, se raspo la cabeza con una ventana que estaba recién pintada, fue cerca de las fiestas de fin de año y en el hospital no lo desinfectaron bien, lógicamente agarro un infección espantosa y estuvo al borde de la muerte, cuando se repuso tenía muchísimo miedo de no poder escribir, entonces pensaba que si no volvía a escribir poemas él iba a morir, no de la infección sino de la angustia.

Te pedía que le describieras cosas… yo descubrí que Borges tenía una enorme formación de pintura, de escultura, y en sus primeros viajes a Europa, cuando él todavía veía, iba a los museos y tenía una memoria increíble y recordaba los cuadros y a veces me hacía notar a mí pequeños animalitos escondidos en un tapiz que él recordaba. Eso era fascinante para mí.

Cómo le describías lo que él no conocía… una vez cuando estuvimos en Estambul me hizo fumar narguile, Borges pidió la pipa de agua y la trajeron para él pero indicó que era para mí, fue terrible porque uno no siente nada pero y cuando me quise levantar era como si hubiese tomado 4 litros de whisky estaba toda mareada. Antes de eso Borges me preguntó cómo era El cuerno de oro, porque nunca había visto ese paisaje, entonces yo le dije bueno el color es como si usted viera a través de una gota de miel, y él me dijo está perfecto ya entendí todo. Borges se reía porque cuando volvía de un viaje los periodista decían o redactaban “Borges vio” tal cosa o tal otra, entonces después me comentaba diez puntos me lo describiste tan bien que el periodista dice que “yo vi”.

Dónde encontrás la belleza… fue muy emocionante porque mi primer lección de estética de mi vida la recibí de mi padre. Yo durante toda su vida le pedí que me la repitiera porque fue algo maravilloso para mí, cuando me la explicó no la entendí y cuando la entendí quería que la vuelva a decir. Un día yo le pregunté, seguramente como todos los chicos había escuchado la palabra belleza, qué era la belleza y él me dijo que el próximo fin de semana él me iba a mostrar qué era, y me trajo un libro con una imagen de La Victoria de Samotracia, y a mí claro como toda criatura me llamo la atención, no tenía brazos, no tenía cabeza, entonces yo le dije pero no tiene cabeza y él me dijo: y a usted quién le dijo que la belleza es una cabeza? Mire usted los pliegues de esa túnica, están agitados por la brisa del mar para la eternidad, esa es la belleza. No lo olvide nunca en mi vida y se lo hice repetir ciento de veces. Esa formación que mi padre me dio me sirvió para darme cuenta que Borges tenía un enorme conocimiento, la pintura me llevó a poder describirle los lugares que él no conocía porque los que él conocía me los describía él a mí mejor que yo. Borges siempre me decía que mi padre me había educado para él.

 

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