Fotografía: agua por Lucía Barchi


Fotografía: Lucía Barchi
Texto por Amalia Di Gregorio

…entonces sube un olor como a cerezas ahumadas, a abejas desperezándose, a nube justo a punto de formarse en el cielo. Se cuelan en la habitación un par de hojitas perdidas desde la primavera y el viento queda todo guardado en las cajas bordadas a mano del otro lado del escritorio. 
suena el timbre del horno, se apaga el último humo del cigarrillo que espera en la ventana abierta y una lagartija sale corriendo como el tiempo. Queda entonces la fragilidad toda desnuda, haciendo equilibrio en el límite entre estrellarse contra el suelo o seguir navegando entre poemas.

ahora vuelan pelusas por el acolchado y abajo de la luz parecen polvo de estrellas o corales en el fondo de un mar asiático. El aire tiene la textura del pan crudo, está lleno de un humo color rosa, de un sabor a frutas cortadas con las manos.
Arriba de la mesa está la pila de imágenes. Hay bordes de marcos de madera, hilos encerados, un encendedor vacío y chicles de menta. Un lápiz, la tetera y un mantel abollado. 
En la esquina más cercana a la ventana hay una montañita blanca y brillante, un puré de perlas desparramado. Tiene un olor fresco, conocido y salvaje. Hace un momento, Ele dejó caer toda la bolsa de coco rallado sobre las imágenes, por entre los recuerdos, arriba de la pava todavía caliente. 
Cuando vuelve al comedor, ve la escena transformada. Las fotos están llenas de brillos nuevos, el calor formó gotitas que se agolpan sobre la madera y la mesa se parece a una foto de fin de fiesta, llena de brillantina lila, el fondo pegajoso y la sensación de un beso dado en secreto. / robado.

¿De dónde sos y hacia dónde vas? «Nací en Capital Federal y me crié en Córdoba. Actualmente vivo en Capital Federal. Mi infancia me dio la exploración y la naturaleza. Y la ciudad me dio ritmo y velocidad. Estos dos mundos habitan en mí. Sé que recién arranca un camino, pero no sé a dónde va. Si tuviera que decir un lugar hacia dónde me gustaría ir, creo que sería hacia el camino de la vitalidad».

¿Cómo te iniciaste en la fotografía? «Me acuerdo de una cámara que compraron mis viejos. Una pocket digital, de esas gris plata. Ligera, lenta. Nos juntábamos con mis amigas en el jardín de casa a sacar fotos. Tirábamos una manta en el pasto, comíamos, cantábamos, nos fotografiamos y el día se iba terminando entre todo eso. Descargaba las fotos en la compu y subía una al Fotolog <3 Esa fue mi primera experiencia».

«Después la curiosidad me llevó a probar cámaras de rollo. Al principio me perseguía el error buscándome. Me acuerdo de estar mostrándole fotos a mi hermano de un viaje por Centroamérica, y las fotos que para mÍ estaban mal (desenfocadas, borrosas o movidas), para él eran las mejores. Creo que ese fue el punto de inflexión. Pasé de un tipo de abordaje fotográfico a otro. Me corrí de lo que estaba bien y mal, y me paré en lo distinto».

¿Cuándo es un momento para sacar fotos? «Cuando el tiempo me pertenece. Disfruto poder estirar, acortar, achicar o moldear el tiempo. Armo y desarmo sin ninguna presión de tener que llegar a nada. Todo está disponible, y el tiempo da vida a la imagen. Juego y descanso. Es ahí donde aparece la magia. El momento exacto en el que la foto cobra vida. No soy una reportera, no voy rápido porque hay que llegar. Voy suspendida y sostenida por la imagen a punto de ser».

¿Qué guía esta selección de fotos para AY MAG? «Está guiada por muchas cosas. Al mostrarlas me estoy retratando a mí misma y conviven sensaciones, intereses o gustos personales. Es un poco hacerme cargo. Definitivamente las fotos me definen mejor que yo a ellas. Yo no decido nada. Ellas deciden por mí. Algo así como un acto psicomágico. Creo que en la instancia de editar una selección, la verdad emerge por sí sola».

¿Qué es lo más valioso de tu conexión con la fotografía?
 «Para mí la fotografía es amor y odio. Me sostiene y me quiebra a cada rato. Creo que es lo mejor y lo peor que hago. Y ahí reside mi inquietante tranquilidad. Ahí reside lo valioso, en sentir que hay algo vivo, algo que no se agota. Se resignifica a cada rato. No es algo a lo cual se puede llegar como fin absoluto, sino que es algo que está en constante mutación».